Creo que esta entrada me tomará mucho tiempo, pero necesito aventurarme en esta historia y más aún ahora que las cosas han cambiado tanto para este hombre de ojos azules.
Recuerdo perfectamente mi infancia cuando él hacía sus hazañas, la vez que repitió primero medio y lo echaron del colegio, recuerdo el rostro de mi madre frente a él, con los ojos empañados de lágrimas y los brazos cruzados, mientras yo con siete años no entendía mucho, sólo tenía susto por la ignorancia en ese momento, "¿qué estaba pasando?". Así siguieron las aventuras de 'Don Sata', con sólo quince años ya se arrancaba de la casa sin que lo pillaran, y era declarado un caso perdido por mis papás, pues eran incontadas las veces en que hizo lo que quiso, se arrancaba de clases, de la casa, tenía el pelo largo y ya no había qué hacer con él.
Con el paso de las años las cosas fueron cambiando mucho, se destacó en el colegio, a pesar de ser uno bien regular, comenzó a sumar puntos con mis papás, aunque las niñas jamás dejaron de faltarle. Junto plata, se compró guitarras, se iba a la playa con amigos, y la fiesta era el mejor panorama de cada fin de semana: le conocí todas las borracheras, las ganas y las frustraciones, los sueños cumplidos y realizados. Compartir la habitación en su adolescencia y mi infancia, me ayudó a sentirme protegida y a aprender de él, ¡impagable!
Debo admitir que con el paso del tiempo nuestra relación se fue distanciando por nuestros temperamentos, mi adolescencia estuvo marcada por mi carácter a la defensiva y el de él no era muy fácil, pero sin duda mucho más simpático que el mío. Lo vi crecer, formarse y a la vez, educarme a su manera, lo vi estudiar y trabajar sin descanso, lo vi proyectarse en el amor, lo vi ahorrando y teniendo un merecido descanso de vez en cuando (casi nunca), vi cómo la relación con mis papás se estrechaba cada vez más, intentando remediar lo que alguna vez causó y seguía causando.
Recuerdo esas vacaciones de invierno, tomó un bolso y se fue al norte, volvió a las semanas con una noticia: se iba a trabajar al norte y nunca más volvería. Me enteré por labios de mi mamá, como siempre, había cabos sueltos que no comprendía totalmente, pero no habían demasiadas cosas que reprochar o cuestionar, más bien, había que desprenderse. Los desafíos eran muchos para él, la lejanía le iba pasando la cuenta, aunque jamás reclamaba el amor de mis padres, ni las llamadas, sólo se mamaba el dolor y el desamparo que sentía. Cada vez que nos visitaba, se desataba una adoración tremenda hacia él por parte de mi mamá, y claro, era lo normal, pues se extrañaban, lo peor era que justificaba sus borracheras y su mal comportamiento: ahí comenzamos a distanciarnos cada vez más. Claramente su éxito laboral no bastaba, algo estaba fallando.
La verdad es que sufría cada vez que venía a Santiago, no era capaz de decirle las cosas a la cara y el silencio me estaba carcomiendo las entrañas y el corazón, no era capaz de sobrellevar todo aquello, ni mucho menos decírselo a mi mamá, pues estaba viviendo la felicidad. Intenté hacerlo a mi manera, hablé con ella después de que pasó todo, tuve el apoyo del Gordo, pero aún así desacreditó todos mis alegatos, me hizo ver como una estúpida celosa: ahí estaba yo, con los ojos llenos de lágrimas de rabia e incomprendida. A su vez, le mandé una carta para su cumpleaños, la que claramente jamás me respondió: sólo cumplí con lo que me correspondía.
Luego de muchos meses, cuando me encontraba en España recibí el llamado de mis papás, que me contaban una noticia: Felipe se casaba. Me costó mucho procesar la información, recién en Noviembre cuando lo vi feliz con su novia entendí todo, antes sólo especulaba, intentaba formular ideas para saber qué había pasado por su cabeza. El día de 16 de noviembre cambió el giro del mundo, lo sé, Dios quiso que las cosas sucedieran así y puso sus manos sobre nosotros: Felipe se casaba y un bebé estaba creciendo en la panza de su novia, ¿qué más podíamos pedir?
Evidentemente la vida nos había dado una vuelta completa, nos había mostrado el trabajo y el esfuerzo de ese rubio de ojos claritos, su inteligencia y amor por mis padres, y ahora la conformación de su familia, que también es nuestra. Hace pocos días nos enteramos que Amanda Daniela llegaría a nuestras vidas, el clon de Felipe y Odette, la primera de la tercera generación de los Rojas está ha cinco meses de permitirnos conocer su rostro y de sentirse completamente amada, sin ninguna duda.
He aquí el resumen de su vida, más bien, de como cambió y cómo fue partícipe y espectadora de todo aquello, y hoy más feliz que nunca y más cercana y participante.
El mundo es una pesadilla y yo he sido tan feliz El mundo se derrumba y gira pido disculpas por vivir..
Me envolví en abrazos conocidas, en bromas añejas, en recuerdas que se dejan las mejillas húmedas de tanto amor, en frases que heredamos de los más viejos, en mañas y sabores que sólo las manos de la Gringa sabían fabricar, de los domingos en manada en la casa de los tatas, de los sueños de niñez que dejamos en el camino por optar por otros más reales, pero con sabor a Garcés.
Abracé al nuevo integrante de la familia intentando practicar para mi próximo sobrino, soñé con nuevos rostros y me pensé en unos años más, "¿estaré como mis primos?, ¿con familia, proyectos nuevos?" A pesar de eso, no dejé que los recuerdos me ahogaran y que los sueños tuvieron sabor a derrota, por mientras haré mi vida, trazaré proyectos, si se suman compañeros, bienvenidos serán.
Añoré juegos infantiles, gritos, burlas y crueldades típicas de la corta edad, en vez de eso la sobremesa se apoderó de las horas, la cerveza, el melón con vino eran acompañantes a nuestras conversaciones del recuerdo y de los proyectos que cada uno exponía en ese momento. Las fotos de los años 80' y 90' vinieron a recordarnos de dónde habíamos venido, qué cosas nos habían marcado, cómo habían cambiado tanto nuestros sueños y cómo la herencia de nuestros abuelos se hacía presente entre todos nosotros, hoy más que nunca.
¡Tremenda familia me dejaste Gringa hermosa!
Cuánto los recordamos ayer, evocamos sus nombres, sus dones y sus enojos.
Estuvieron presentes en esa mesa y especialmente con Clemente
Manchita aquí te espera una preciosa familia.
Soy una convencida de que la vida nos da muchas oportunidades para crecer (aunque sea a porrazos), de aprender y formar lazos, pues sentirse acompañado y respaldado no tiene precio. Pero también nos da dósis críticas y exageradas de soledad y lágrimas, que gracias a Dios, luego se transforman en calidez y confianza fundamentada y arraigada.
Este fin de semana viví un poco de aquello. Me tiraron un balde de agua fría sobre mi cabeza, tuve que procesar demasiada información en unos minutos y armarme de valor para enfrentarlas, para dar explicaciones, opiniones y juicios de todo eso. Hasta que llegué a sentarme frente a un hombre que sabe leer mis miedos y debilidades, con él no puedo ocultarme entre mis convicciones o certezas, sabe llegar a la médula de mi dolor y estrujarme en lágrimas, todo esto con un solo objetivo: enseñarme a vivir. "Tú eres discursiva" - con esa frase me mató, me sentí desnuda, vulnerable, ya no tenía dónde esconderme, sólo pude decirle "gordo, ¡ayúdame!, ¿qué hago?" Aunque quería que me diera una receta justa, algo así como: "tómate un avión, te estará esperando un hombre delgado, de ojos profundos y transparentes, él te llevará a descansar y a sanarte, aprovecha el sol y la lluvia" Pero eso correspondía solo a mi deseo y a mi imaginación, pues sé que los procesos duelen hasta sangrar, para luego sanar lentamente. "Acepta que no vale la pena y jamás te cierres a amar"
Una vez más sus palabras me dejaron tendida en el estupor, sin poder pronunciar una oración con sentido, sólo atiné a taparme el rostro con las dos manos y detectar cómo el dolor se apoderaba de mis entrañas y de mi pecho. Lo único en que pensaba era en "¿cómo?": "¿Cómo se hace?, ¿cómo se avanza?, ¿cómo se sigue?" Todo mi agradecimiento por sus palabras los sellé con un abrazo y un 'te quiero mucho' bien sentido, pues sé que es una de las pocas personas con las que no puedo fingir, no puedo ocultarme en un discurso sin fundamentos, ni riquezas. Con él soy.
Lágrima tras lágrima recordando el tema y tratando de cerrarlos también. La posibilidad de poder compartir las lágrimas no tiene precio, ver a mi madre con ojos cristalinos sufrir conmigo el dolor de la decepción y la rabia me hicieron sentir completamente acompañada, pero responsable de mis decisiones y "selectiva", aún más. Escuchar a mi hermano, a kilómetros de aquí, diciéndome "tú debes estar tranquila, sabes cómo eres" me confirmó su amor. ¿Cómo no estar agradecida?, ¿cómo desconocer el amor más grande que vivo?
Sí, soy consciente de lo que vivo, de los comentarios, de las caídas, del dolor y de las lágrimas, pero también soy testigo del colchón tremendo que jamás me deja de proteger, de las personas que me acompañan sin cansancio, de los abrazos, de las conversaciones y de la preocupación. El amor que vivo aquí no se compara con nada, ¡es el mejor regalo!