Todas aquellas mujeres de ojos tiernos y luminosos se la ha llevado esa enfermedad, está en mis venas, en las de mi madre, en las de mis primas. Siempre le hice el quite a hablarlo, nunca me gustó recordar esos episodios que constituyen mi familia: miré con dolor cada fotografía, presencié lágrimas y gritos de desesperanza, me encargué de esa herencia y me llené de valor para que el silencio se encargara de lo demás. Quién sabe si alguna vez me toque a mí, quizás el momento llegó, llegará o se desviará, quizás me toque sobrellevar otra lucha más y no ser la protagonista, como en las otras tres historias. La enfermedad vino a tocar mi puerta y yo no la escuché, me dió señales y se manifestó por fin: preparada o no llegó, y me siento débil y necesito a la Gringa con su paz, necesito sus manos tomando las mías, necesito el pecho de mi madre que me cobije, necesito las convicciones y la fuerza de mi papá y la infinita luz de Dios. No sé cuál será el diagnóstico, ni el tratamiento, ni de dónde sacaré fuerzas para escuchar buenas o malas noticias, no sé quién tomará mi mano, ni menos sé si la desilusión seguirá aquí.
No quiero saber de choques, de enfermedades, de dolor o de desilusión, no quiero dar ni escuchar explicaciones, no tengo fuerzas para reclamar ni siquiera para escuchar..



