Se nos va..
Vino a remojar mis neuronas y sacar fuera toda mi espontaneidad, vino a desestresarme y disfrutar de mis noches como siempre lo hice, vino a hacerme reír a carcajadas sin pensar en la responsabilidad de mañana, vino a llenarme de sorpresas completamente inesperadas y nuevas e increíbles compañías, vino a cerrar una etapa de sanación, de tolerancia y de largos procesos de aceptación, de comunicación con aquél silencio espantoso que me acorralaba en las noches. ¡Gracias querido verano!
Dediqué la mitad de mi verano al trabajo por Cristo, a llevar de alguna manera mi fe a quienes no tienen ni viven a Dios, descansé, me despegué completamente de toda labor o responsabilidad que me atara por meses, me entregué en mi cama a noches de lectura apasionada, días de cine con el corazón estrujado y las lágrimas saltaban de los ojos a mi piel, noches de escritura desesperada y ahogada, pero dejando paz aquí dentro acompañado de Ismael. Pero sin duda hay algo que me sorprendió y que es lo que más rescato del caluroso verano regalado y particularmente acompañado: la bendita amistad.
Descubrí, me sorprendí, abracé y agradecí. Es que las palabras se me escapan de la boca y de mis dedos se resbalan para caracterizar de alguna forma lo que viví y aún sigo viviendo, y sé que con mucha fe seguirá, porque es una amistad incipiente, apasionada, donde se entrelazan ideales y luchas, donde juegan y se conjugan risotadas, gustos en común y luz, donde la certeza del amor fraterno y de la verdad es el fundamento que nos mueve y nos motiva. Porque sigo embobada de tanta magnitud, de tantas cosas hechas en un par de semanas, de tantas compañías que jamás lo pensé, de tanta espontaneidad y fluidez, de tanta ternura y simpatía regalada. ¿Cómo lo explico?
Probablemente las personas que vivieron conmigo estas semanas desde cerca, en primera fila y siendo portagonistas, comprenden y serán mucho más elocuentes y precisos para describir lo vivido, pero yo me quedo con que fue lo mejor de este caluroso verano, con que fuí capaz de avanzar y de dejar atrás silencios, aceptaciones y demoras, por sentirme feliz, por sentir plenitud.
Aún falta un fin de semana prometedor, y encantador, pero ya está, es esto lo que me tiene sonriente y satisfecha.




